Reencuentro
Puede que hayan pasado 15 años desde la última vez que escribí por el puro placer de hacerlo, sin una meta, sin un objetivo concreto o para algo que estuviese estudiando, sólo dejándome llevar por mi mente y mi corazón. No sé si esa capacidad se pierde o es como montar en bicicleta (la reina de las habilidades que nunca se pierde o eso dicen, yo tendría que volver a montar para corroborarlo), pero lo que sí tengo claro es que me ha costado volver a hacerlo, por pereza, por olvido y, sobre todo, por miedo. El miedo es una constante aunque no siempre conlleva algo negativo, en este caso el miedo no surge por hacerlo mal, eso me da igual ya que no está entre mis metas ser una escritora de bestsellers, el miedo aparece por el simple hecho de exponerme, de dejar al descubierto parte de mí, de que me vean.
No soy alguien antisocial, lo que sí soy es introvertida, guardo con mucho recelo mi mundo interior y no me siento cómoda abriendo ese mundo a cualquiera, no, no sería justo para mi. Mi pequeño mundo interior es mi rincón seguro, en mi imaginación lo visualizo como ese rinconcito acogedor en el que hay un sillón orejero, una estantería llena de libros, una bolsa de labores, una mesita con una tetera o un café caliente y una ventana por la que se ve un maravilloso paisaje en calma. Sí, la típica imagen “cozy” (que precisamente significa eso en inglés) que ahora está tan de moda. Y a ese rincón no puede entrar cualquiera.
Entonces, ¿por qué he decidido volver a escribir? Simplemente porque me apetece y lo necesito, necesito darle forma a mis pensamientos, aunque eso no significa abrirme en canal, si eso surge ha de ser de manera natural pero ahora sigo sin estar preparada. ¿Sobre qué voy a escribir? Sin temática definida, solo dejándome llevar por lo cotidiano, por la reflexiones que vengan a mi cabeza o sobre cualquier cosa. Este será mi espacio de libertad creativa.
Hoy, aunque es un día normal en el calendario, es un día especial porque he decidido enfrentarme al síndrome de la página en blanco. Sólo espero no recaer.
A modo de celebración voy a compartir uno de los microrrelatos que escribí en aquella época ya pasada y que para mí es especial.
Érase una vez una vez un dragón que vivía en la Tierra. Era una animal majestuoso, de colores vivos y con garras de águila. No era malvado ni peligroso, al contrario, tenía un trabajo muy importante que cumplir. Este Dragón se llamaba Yang y se encargaba de que las nubes flotaran en el cielo, las aguas corrieran por los ríos y mares, cavaba las grutas que acabarían siendo los nacimientos de dichos ríos o solares inmensos donde ubicaría los grandes mares y océanos. Todo este trabajo duro servía para que la Tierra mantuviera su energía vital, a pesar de los obstáculos que suponía muchas veces el compartirla con los humanos y el dominio que ejercían los dioses. Pero el Dragón Yang no podía trabajar sólo, le faltaba algo para mantener el buen funcionamiento de la Tierra, y los dioses le buscaron un compañero de trabajo. Era un animal grandioso, del color de la nieve y fuerte, el Tigre Yin, que se encargaba de que las cosas nacieran de la tierra, tenia la capacidad de dar vida a todo lo material, erigía montañas y construía valles para que los animales pudieran estar tranquilos fuera del mundo humano, manteniendo así el equilibrio entre el cielo, lugar de trabajo del Dragón Yang, y la tierra, su propio lugar de trabajo. Cada uno poseía una pequeña perla, que brillaba cuando los dos compañeros de trabajo se encontraban, y eso era señal de que todo funcionaba a la perfección en la Tierra. Su encuentro a veces es imposible, pero ellos no desisten nunca, tienen una misión que cumplir e incluso ahora, en nuestros días, Yin y Yang siguen trabajando muy duro para volver a encontrarse, aunque sea una sola vez más.
Para mí el símbolo del Yin y el Yang lo define todo, el equilibrio, que el blanco no puede existir sin el negro, lo femenino y lo masculino, todo tiene que estar en harmonía.
En fin, hasta aquí mi soliloquio de hoy. Prueba superada


